
Alguna vez se ha aproximado a ti algún compañero de la escuela deseoso qué le expliques un tema, y conforme le explicas te das cuenta que esa persona valora lo que le estás diciendo y le quieres explicar más y más, o quizás aquellos hijos qué cuando están en aprietos acuden a ti porque saben qué tienes la solución, y qué con sus ojos te dicen “Dime que hago Papá/Mamá, y lo hago”…..¿Te sonó familiar?



Cuando las circunstancias nos invitan a la preocupación, la ansiedad y el afán, debemos aceptar el desafío de disfrutar en la presencia de Dios. Vivimos en tiempos cuando la espera se hace cada vez más inaceptable.
Para nadie es un secreto cómo es el ambiente en el que vive la juventud de hoy. Estoy hablando de aquel que ofrece el mundo. En la mayoría de los casos es un ambiente de rumba, vicios, pasiones desordenadas y en general, una vida vana y vacía.
Una sonrisa no cuesta nada, pero da mucho. Enriquece a aquellos que la reciben, sin empobrecer a aquellos que la dan.
En el momento de nuestra salvación, fuimos liberados del poder del pecado, y recibimos la capacidad de pensar y vivir como Jesús. Pero el hacer realidad este potencial, exige un esfuerzo diligente de nuestra parte, y el sometimiento al Espíritu.
Si usted está buscando la manera de cumplir el mandamiento de Cristo de amar a su prójimo, Pablo tiene una sugerencia: comparta sus cargas. Hay un momento en que toda persona tiene problemas por el peso de una situación que la oprime.
El Señor nos creó para vivir apasionadamente para Él. De ese modo, disfrutamos de las bendiciones de una relación íntima con Dios.

