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Ni arrepentimiendo, ni remordimiento

PerdonLentas, solemnes, llenas de unción religiosa, se elevaron las bellas notas del Avemaría. La inmortal melodía de Franz Schubert, bien cantada, brotaba de los labios de Robert Solimine, joven de diecisiete años de edad.

Con los ojos cerrados, aquel joven elevaba su alma a Dios cuando, de repente, la melodía se interrumpió. Una cuerda delgada pero fuerte detuvo el canto. Con esa cuerda James Wanger, otro joven de diecinueve años de edad, estranguló a Robert, extinguiendo su voz junto con el Avemaría. Y sólo porque no podía soportar la oración de Solimine.

No dejó ninguna nota

El joven, de sólo veintiún años de edad, se sentó en el cordón de la vereda y vació en su mano el contenido de sus bolsillos. Era poca cosa: un dólar con veinticinco centavos. Largo rato acarició las monedas que tenía en la mano, aunque eran ya las dos y cuarto de la mañana.

Por fin se fue a una gasolinera cercana y le dijo al empleado: «Deme todo esto de gasolina.» Era suficiente dinero para llenar el bidón que traía, así que el empleado le echó gasolina. Acto seguido, el joven, casi sin moverse del lugar, se roció encima todo el combustible, encendió un fósforo y se prendió fuego.

Cuando fallan los frenos

El desfile por las calles de Boston, Massachusetts, seguía alegre, vibrante, feliz. Eran más de dos mil jóvenes, la mayoría hispanos, que iban cantando cánticos cristianos y testificando a viva voz a los transeúntes que los miraban entre serios y sonrientes. Era un momento de victoria para ese grupo de jóvenes convencidos de su fe.

El Reverendo Estanislao González, pastor de una de las iglesias que participaban en el evento, venía detrás del desfile.

Comenzó como un juego

Comenzó como un juego, en la noche de bodas. Fue apenas una pizca de polvo blanco que su flamante esposo le ofreció. Casi como regalo. Casi como premio. Casi como homenaje. Y Kerri Miller, de veintidós años de edad, estudiante de derecho, inteligente, brillante, la tomó.

Kerri aspiró el polvillo como un juego, como una diversión, como algo que se hace una sola vez para luego olvidarlo. Pero la cocaína la esclavizó como suele hacer, y la esclavitud duró seis años.

El antiguo predicador

Hoy día casi no se oye predicar sobre tales antiguas ideas como la caída espiritual del hombre, el pecado y la ruina moral de la humanidad. Poca advertencia hay en el sentido de que el ser humano es un pecador culpable ante un Dios santo.
Pero queda por lo menos un predicador de los antiguos, uno que habla hoy tan potente y claramente como siempre. Por supuesto que tal predicador no es muy amado. Sin embargo, el mundo entero es su parroquia.

Nada nuevo bajo el sol

A diario los medios publicitarios anuncian nuevos descubrimientos en todos los campos del saber humano. Como que todo lo que la mente humana imagina, también realiza. ¿Por qué se dirá entonces que no hay nada nuevo bajo el sol?

El Dr. Leen Macon, en un editorial de un importante periódico de Alabama, Estados Unidos, dijo: «Vivimos en el centro de los años antiguos. Cuando bebemos agua, experimentamos algo con la naturaleza que tiene millones de años, y cuando miramos al sol en su amanecer, somos testigos de la vista más antigua del universo.

No mires hacia abajo

devocional cristianoEl ascensor, con veinte mineros de Sudáfrica, comenzó el lento descenso. El fondo de la mina estaba a 1.600 metros de profundidad. A la mitad de la bajada, una falla mecánica paró en seco el ascensor, y los veinte hombres quedaron atrapados. Fue entonces que surgió un héroe.

Mario Cockrell, uno de los mineros, tuvo una idea. Deslizándose por los cables de acero, llagando sus manos, fue guiando, uno por uno, a sus compañeros de trabajo. Eran ochocientos metros de bajada y, para calmar los nervios de los mineros, les decía una sola cosa: «¡No mires hacia abajo! ¡Mira hacia arriba!»

Tesoro escondido

Eric Lawles, de setenta años de edad y vecino de Londres, Inglaterra, armó su detector de metales. Lo probó para asegurarse que funcionaba bien y salió en busca de su martillo. Había perdido un martillo, herrumbrado y viejo, pero suyo de todos modos. Buscó en su propio patio y por los predios vecinos. En algún lado tendría que hallarse.

De pronto el detector comenzó a emitir sus señales. «Aquí debe de estar», se dijo Eric, y armado de pico y pala, empezó a cavar. De pronto la pala golpeó algo metálico. No era su martillo sino un cofre.

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