
Dos maneras de esperar
Hay dos formas en que los cristianos pueden esperar el cumplimiento de la Voluntad de Dios para ellos: con paciencia hasta que se cumpla el tiempo de Dios; o con ánimo inquieto, buscando siempre la ocasión de “ayudarle” a Dios.
Estas dos actitudes están muy bien representadas en dos personajes del Antiguo Testamento: David y Jacob.


La particularidad del verdadero cristianismo es el amor reflejado en la comunión de los redimidos por Cristo. Jesús dice: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» Juan 13:34-35.
Veamos siete excusas que algunos hombres pusieron frente al llamamiento del Señor y que son las mismas que ponemos hoy día:
Existió un hombre, que preparó el camino del Señor…el es, Juan el Bautista. Juan, cada vez que podía, decía…mírenlo, El es el Mesías, el Salvador del mundo!! Juan anunció a Jesús como el Hijo de Dios.
Al tomar un periódico del domingo siempre tomo la sección de entretenimiento ..un laberinto; ahora ¿Qué es lo interesante del laberinto? Creo que podemos definirlo de dos formas: la primera que sabemos que el laberinto tiene una meta, un final o un propósito.
“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.” Santiago 1:6 Todos sabemos que nuestra dependencia debe ser completamente del Señor, y al parecer eso está bien claro dentro del cuerpo de Cristo; todos sabemos perfectamente quién es nuestro proveedor, nuestro sustento.
En esta reflexión trataremos de algo que es bien importante para nuestras vidas y que algunos no le dan mucha importancia. Esto es en cuanto a la alabanza a Dios, y es algo que todo cristiano debe de hacer, “alabar el nombre de Dios”.
“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.” Romanos 8:37
San Mateo 1: 18-20 “El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es”
Jeremías 1: 5 “Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones”
“De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es. A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” Juan 10:1-5.
Los evangelios nos hablan varias veces de la mirada de Jesús. Miraba a sus discípulos, asombrados por su enseñanza (Mateo 19:25-26); miraba con enojo y tristeza a los jefes religiosos carentes de compasión (Marcos 3:5); miraba con afecto a un joven que deseaba la vida eterna (Marcos 10:21); miraba a su discípulo Pedro que lo negó. Por medio de su mirada, Jesús entraba en contacto con los que le rodeaban.






