Papi ¿Cuanto ganas? Dijo el pequeño con voz timida fijando sus
expresivos ojos en su agotado padre que llegaba del trabajo.
“No me molestes, hijo
¿ No ves que vengo muy cansado?
“Pero, papi. Dime por favor ¿Cuanto ganas?” Insistió.
“Doscientos pesos al día”.
Respondió el hombre irritado con tal de quitárselo de encima.


La tropa avanzaba paso a paso. La selva estaba espesa y húmeda, el suelo, lleno de barro y el peligro acechaba en cada metro del sendero.
Me hallaba de vacaciones por la bellísima Irlanda visitando Monasterboice, el monasterio cisterciense más antiguo de la Isla, en el condado de Loath. En el cementerio, de entre las lápidas antiguas y modernas, hay una llamativa por la fuerza del mensaje de la inscripción. Es la tumba de una niña de 12 años.
Esta es la historia de una joven ciega que se odiaba a si misma, y a todo el mundo por ser ciega.
El único sobreviviente de un naufragio estaba sobre una pequeña isla desierta. Estaba orando fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara. Todos los días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.
Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Por suerte, llegó a una cabaña vieja, desmoronada sin ventanas, sin techo.
El naufragio del Titanic dejó, pues, una imborrable huella en la memoria humana. El descubrimiento de los restos, hace unos años, permitió que los expertos emitieran una hipótesis que explicara cómo ese espléndido transatlántico, maravilla de la técnica, zozobró en tres horas después de chocar con el iceberg.
Paula, una joven de escasos 12 años, visitaba por primera vez al optómetra , el cual le diagnosticó miopía en ambos ojos.

