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De secretaria a millonaria

La joven secretaria terminó su día de trabajo. Se frotó los ojos, cansada de escribir todo el día. Cerró su máquina de escribir y ordenó sus papeles. Eran las cinco en punto de la tarde.

Se levantó de su silla, recogió sus pertenencias personales y se dirigió hacia la calle. Era sólo una más de las miles de secretarias comerciales que se ganaban la vida en Caracas, Venezuela.

A nadie le gusta ser Judas

Tenía que ser una escultura perfecta, tanto por el motivo que iba a representar como por lo que iba a costar, noventa mil dólares. Era una escultura de la Última cena del Señor: trece figuras, Jesús y los doce apóstoles.

La escultura había sido ordenada por el obispo católico de Las Vegas, Nevada, Estados Unidos, la llamada, «Ciudad del pecado», y éste exigió de los escultores absoluta fidelidad y naturalidad. Para esto el obispo proveyó fotografías de los trece sacerdotes que servirían de modelos.

A un paso de la escalera

Los gritos despavoridos de hombres, mujeres y niños dieron la nota trágica aquel día de diciembre. En Brooklyn, Nueva York, un violento incendio había comenzado por los cortinados de las amplias habitaciones de un hotel.

El cuerpo de bomberos se había hecho presente y las operaciones de salvamento habían comenzado alrededor del edificio envuelto en llamas. Mientras las enormes mangueras lanzaban agua sobre el humeante hotel, se había colocado una escalera de salvamento para rescatar a los sobrevivientes del undécimo piso, donde era más intenso el siniestro.

Ciego y manejando

El semáforo daba fielmente las señales debidas: luz verde permitiendo el paso, luz amarilla indicando precaución, luz roja demandando alto. Débora Mohr, de treinta y dos años de edad, esperaba la señal. Cuando la luz se puso verde, ella prosiguió a cruzar la calle. Pero Jorge Lizarralde, no viendo la luz roja de su lado, lanzó su vehículo al cruce. En el accidente Débora fue cruelmente atropellada.

¿Qué había pasado? Jorge Lizarralde era lo que llaman «legalmente ciego». Es decir, veía tan poco que las leyes establecían que no tenía derecho a una licencia de manejar, y sin embargo Lizarralde manejaba con licencia auténtica, debidamente autorizada.

Escondido en una piedra ruda

Tenía toda la apariencia de una piedra común. Estaba redondeada, y era de color gris. Parecía una papa, y por cierto, papa la llamaban. La piedra estaba de venta en una exposición de minerales poco comunes en Plano, Texas.

Un hombre la compró por diez dólares, se la llevó a su casa y la cortó con una sierra. Dentro de la piedra, tosca y vulgar, había un zafiro de 1.154 quilates. Cortado y pulido por John Robinson, pulidor profesional de piedras preciosas, el zafiro adquirió un valor que nadie pudo haber imaginado: ¡tres millones de dólares! «¡Es un zafiro absolutamente fantástico —exclamó Robinson—, el mejor que he visto en mi vida!»

De veras me amaba

—No tomes esa foto —advirtió Lawrence Collier—; es peligroso.

Lawrence, un joven australiano, conocía esa reserva y conocía la ferocidad de las fieras.

—Pero son leones mansos y, además, está permitido —le contestó la muchacha, despreocupada.

La joven, Judith Damien, también australiana, era amiga de Lawrence. Se habían conocido en Australia, y había un interés más que de amigos entre ellos. Los dos habían ido como turistas a la reserva de Masai Mara en Nairobi, Kenya.

La rueda loca

El circo daba su función en Buenos Aires, Argentina. Estaba repleto de gente que, entusiasmada, esperaba cada actuación con gritos y aplausos. Los payasos hacían desternillarse de risa a chicos y a grandes. Entre ellos se destacaba Peporrete, que con sus saltos y piruetas acaparaba la atención de todos.

Su acto final, cada noche, era tomarse de los tobillos, formar una rueda con el cuerpo y rodar así por toda la pista. La gente aplaudía a rabiar.

La vida no tiene sentido sin tí

«Quiero un pasaje de ida solamente, para Londres.» Así dijo en la agencia de viajes de Melbourne, Australia, Neil Browne, hombre de treinta años de edad.

Cuando abordó el avión y comenzó el vuelo, Neil se mostró sereno. Su rostro no reflejaba ni pena ni alegría, ni angustia ni temor, sino solamente la expresión del que ha tomado una decisión definitiva, la de poner fin a sus días.

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