El diamante Koh-i-noor se encuentra entre los más espectaculares del mundo. Es parte de las joyas de la corona Británica, presentado a la Reina Victoria por el marajá de la India cuando este apenas era un muchacho.
Años después, cuando él ya era un hombre mayor, el marajá visitó a la Reina Victoria en Inglaterra. Pidió que la piedra fuera traída de la Torre de Londres donde se mantenía guardada con seguridad, hasta el Palacio de Buckingham. La reina hizo según lo pedido.


Un ateo dictaba una conferencia ante un gran auditorio, y después de haber finalizado su discurso, invitó a cualquiera que tuviese preguntas a que subiera a la plataforma.
Una tarde del día domingo, estaba yo distribuyendo tratados a los mineros. Los hombres gozaban el aire puro y la luz del sol después de haber trabajado durante la semana en la mina obscura e insalubre.
Había un niño de la India que fue enviado por sus padres a un internado. Antes de ser enviado, este muchacho fue el alumno más brillante de su clase.Era el primero en todo. Él era un campeón.
Hubo una vez un jovencito que vivió una de las vidas más miserables. Huérfano antes de los tres años; fue recogido por extraños. Fue expulsado del colegio, sufrió la pobreza y como resultado de heredar debilidad física, desarrolló un serio problema en el corazón siendo adolescente. Su amada esposa murió al comienzo de su matrimonio.
En Barrow, Alaska, las montañas adquieren un nuevo significado. A 550 kilómetros del Círculo Polar Ártico y casi muy cerca del Polo Norte, Barrow es la auténtica “Tierra del sol a medianoche”. Durante ochenta y tres días, desde el 11 de mayo hasta el primero de agosto, el sol nunca se sumerge en el horinzonte.
Nani era una niñita de seis años. Aquella tarde parecía haberse propuesto generar un terrible chirrido que, por lo estridente, trastornaba los sentidos tanto de residentes como de quienes simplemente pasaban por allí. Y es que iba montada, pedaleando a toda velocidad, en su viejo y oxidado triciclo… un triciclo que habían disfrutado cuatro dueños anteriores.
Hay dos días en cada semana en los que no nos debemos preocupar.
Cuando era un muchacho en Santa Cruz, California, solía ayudar a mi abuelo en los campos aledaños a su hogar. Esta no era su tierra pero no era extraño en aquellos días canjear con los vecinos el trabajarla para ellos para cultivar los vegetales que le encantaban. Entonces los compartía con los vecinos a manera de pago.
Anochecía. Mi esposa y yo acabábamos de caminar por el famoso puente Charles en Praga cuando un hombre se nos acercó con un fajo de dinero en la mano. «Cuarenta y dos coronas checas por un dólar» –dijo.







