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Un devocional cada dia

La hermosa joven caminaba entre el padre y el hermano. Tenía el cabello negro y lacio, y un cuerpo delgado y esbelto. Era elegante y hermosa, de pura sangre árabe y estricta religión musulmana. Caminaba entre el padre y el hermano hacia las afueras de Jericó.

En un lugar solitario, la joven se adelantó unos pasos. Luego el padre y el hermano hicieron lo que habían ido a hacer.

Le dispararon sus revólveres, y la joven cayó muerta. ¿Por qué la mataron? Porque se había enamorado de un hombre que no era musulmán, y esto era un gran deshonor para la familia.

La tradición religiosa musulmana es muy estricta. Si una mujer mancilla el honor de la familia con algún acto deshonesto como el adulterio, se le puede ejecutar, conforme a la ley de su religión. Y casi siempre el verdugo es un familiar cercano: el padre, el tío, el hermano.

Bueno es mantener el honor de la familia. Sería bueno que todas las familias del mundo sintieran esa responsabilidad. Pero al mismo tiempo que damos honra al honor de la familia debemos tener en cuenta las elevadas enseñanzas del Señor Jesucristo. Jesucristo nos enseña que el honor de la familia debemos mantenerlo todos los miembros de la familia: padres, hijos, hermanos, abuelos y nietos.

Hubo una vez una joven judía casada que manchó el honor de su familia. Cometió adulterio, una falta muy seria. La ley de Moisés, inflexible e inexorable, la condenaba a muerte. Muchos líderes religiosos la llevaron a la plaza del pueblo, y tenían también las piedras en las manos para ejecutarla. Con ella en el suelo, se presentaron delante de Jesucristo y le preguntaron: «Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?»

Jesús no respondió nada al principio. Pero luego alzó la voz para decir: «Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.» Nadie pudo hacerlo. Todos se retiraron de la escena redargüidos por su conciencia.

No podemos menos que preguntarnos si este padre y hermano que llevaron a cabo esta ejecución tenían, por considerarse ellos mismos perfectos, el derecho de hacerlo. Bueno es mantener el honor de la familia, pero basándose en la misericordia, el perdón y el amor. Las palabras de Jesús a la mujer adúltera fueron: «Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar» (Juan 8:3‑11).

¿Cómo se puede ser honorable en todo? Honrando a Cristo como el Dueño de nuestra vida, sometiéndonos a su divino señorío. Él quiere ser hoy nuestro Señor.

Hermano Pablo