Con mi corazón y mis manos
Meditaba en su cuarto de estudio un predicador, buscando una ilustración sobre el amor.
De pronto entró en el cuarto su hijita pequeña, diciendo:
-Papá, siéntame un poco sobre tus rodillas.
-No, hijita, no puedo ahora; estoy muy ocupado -contestó el padre.
-Quisiera sentarme un momento en tus rodillas, súbeme, papá -dijo ella.
El padre no pudo negarse a una súplica tan tierna, y tomó a la niña y la subió a sus rodillas, y dijo:
-Hijita mía, ¿quieres mucho a papá?

Cuando yo era una niña y crecía en el oeste de Michigan, siempre celebraba la primavera y las primeras flores el 1° de mayo.
La mañana era cálida y húmeda, pero agradable, en Buenos Aires, Argentina. Había llovido intensamente la noche anterior, y las veredas estaban llenas de charcos de agua. La señora Mercedes González de Favero llevaba a su hijo Roberto, de doce años, y a su hija María, de ocho, hacia la escuela.
Cuenta una fabula de Carlos Olmo que en un tiempo lejano habitaba un noble muy ambicioso, que quería amasar la mayor fortuna del mundo.
Como cualquier buena mamá, cuando Karen supo que estaba esperando un bebe, hizo lo que pudo para ayudar a su hijo Michael de tres años a prepararse para una nueva etapa en su vida.
Mike Larkin, Oficial de transito en el Estado de California patrullaba en su motocicleta, cuando de pronto un camión de carga salió en una esquina a alta velocidad. El Oficial Larkin pensó inmediato, esto es una buena boleta, encendió su sirena y sus luces y comenzó la persecución del día.
Eran nada menos que un millón. Un millón de obreros especializados. Un millón de obreros que sabían hacer bien su trabajo. Nadie lo hacía mejor que ellos, con tanta eficiencia y economía.
Una joven profesional se fue de su hogar a la ciudad de New York. Le alquiló un cuarto a una anciana de Suecia que había emigrado a los Estados Unidos años antes. La propietaria le ofreció una habitación limpia, baño común y, además, podía utilizar la cocina, todo a un precio razonable.
Hay una piedra preciosa que algunas veces llaman “el ópalo de la simpatía”. Si viéramos uno de estos ópalos en el aparador de un joyero, preguntaríamos por qué estaba allí.





