El toque del Maestro

En cierta ciudad americana se estaba realizando un remate popular en que figuraban una gran variedad de objetos. Entre ellos había un viejo violín que el martillero apenas pensaba que valiese la pena de ofrecer, de tan deteriorado que estaba.

Pero, de todos modos, lo levanto, y, sacudiendo el polvo, anunció con una sonrisa: “aquí tienen Señores su oportunidad, ¿quién iniciará la postura? … ¿Cuánto me ofrecen por el violín?”

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El cacique que perdonó

Maskepetoon fue caudillo de una tribu numerosa de indios de Norte América. Tenía un hijo a quien quería mucho, y le había instruido desde chico en toda la sabiduría de los pieles rojas. Ahora era un joven alto, fuerte y capacitado para realizar cualquier misión que le fuera encomendada.

Por lo tanto, cuando hubo que viajar a un valle distante para traer los caballos, Maskepetoon mandó a su hijo.

Era un camino solitario y peligroso, entre montañas altas y por sendas escarpadas, pero el joven estaba acostumbrado a esa vida, pues había recorrido los cerros cazando con los guerreros jóvenes. Cuando llegó al valle donde siempre pastaban los animales, no los pudo encontrar.

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¿Hasta cuando?

Puede expresar el sentir del pueblo de Dios en tiempos de grandes pruebas. Cuatro veces clama ¿hasta cuando? Apela a Dios y se asombra por que demora en contestar. ¿Me olvidaras para siempre? Tal cosa no seria posible (Isa.49:15,16)

Pero largas aflicciones prueban nuestra paciencia y muchas veces la cansa.
Es una tentación común pensar que las aflicciones son largas y caer en desesperanza.

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El toque que no se oyó

En tiempos de Oliver Cromwell. Estrategista militar y parlamentario inglés de siglo 17, un joven bajo su mando fue condenado a muerte por una falta menor. Su ejecución debía realizarse a la hora de queda del día señalado.

La novia del joven soldado suplicó a los jueces que al menos perdonaran la vida de su amado. pero sus ruegos fueron inútiles y la sentencia permaneció invariable.

Desesperada fue donde el anciano campanero a ver si le convencía a no dar el toque que señalaría la ejecución. Pero nada podía desviarlo de su deber.

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El Poder de la Palabra impresa

“AQUÍ HAY UN NUEVO trabajo, dedícale preferencia”, le dijeron a un joven empleado de una imprenta en Madrid, España. Y el joven, amante de las letras, de la imprenta, de la literatura comenzó a trabajar.

Pedro Castro Iriarte comenzó a preparar los tipos con los cuales imprimiría la Biblia, allá por el ano 1860, cuando no existían los grandes adelantos que la imprenta tiene en nuestros días, Una a una fue colocando las letras en su orden.

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El Predicador

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