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Un devocional cada dia

Consideremos la siguiente cita: «Nuestro mundo se ha estado degenerando en estos últimos tiempos. Hay señales de que se acerca rápidamente a su fin. El soborno y la corrupción son comunes.

Los hijos ya no obedecen a los padres. Todos los hombres desean escribir un libro, y el fin del mundo se acerca evidentemente.» Esta declaración bien podría ser parte de un artículo publicado en el siglo veintiuno. Sin embargo, lo encontraron en un antiguo tablón de piedra asirio, escrito en jeroglíficos dos mil ochocientos años antes de Cristo.

He aquí otra cita sobre la nueva generación: «Desde el día mismo en que su hijo nace, usted debe enseñarle que la felicidad no depende de posesiones materiales. Los niños de ahora aman mucho el lujo, tienen malas costumbres, hacen alarde de autoridad, no tienen respeto para las personas mayores y ya ni se ponen de pie cuando sus padres o sus maestros entran en el cuarto. ¿Qué clase de personas serán cuando crezcan?» La cita proviene de Sócrates 399 años antes de Jesucristo.

La falta de disciplina es un problema de todos los tiempos. Ningún hijo quiere ser restringido, y desgraciadamente muchos padres han optado por seguir el camino más fácil, dejando que los niños crezcan a su gusto. Esto ha causado una ola de delincuencia juvenil alarmante. Aunque el problema de la disciplina siempre ha existido, nosotros, los padres, hemos aflojado en nuestra responsabilidad disciplinaria. El rey Salomón lo dijo: «No corregir al hijo es no quererlo; amarlo es disciplinarlo» (Proverbios 13:24).

El punto de enfoque de la disciplina en el hogar tiene que ver directamente con bases y valores morales. Y el que no toma en cuenta a Dios no tiene esa base moral. Lo que se ha llamado «la nueva ola» o «la nueva generación» no es más que la antigua ola con otro disfraz, y es causado por el mismo mal: el no tener un compás espiritual en el hogar.

Somos nosotros, los padres, los que tenemos que establecer las normas de moralidad en el hogar para que nuestros hijos, desde muy temprana edad, vayan creciendo en un ambiente sano y respetuoso. Esas virtudes no vienen solas. Tienen que ser enseñadas. Y sólo se enseñan viviéndolas.

Junto con normas sanas y honestas, añadamos a nuestra vida la presencia continua de Cristo el Señor. Cuando Cristo mora en nosotros, la vida recta viene de por sí. Ese es el ambiente que hará de nuestros hijos personas de respeto, madurez, consideración y cordura. Se lo debemos a nuestros hijos.

Hermano Pablo.