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Un devocional cada dia

Juan Wesley, el Padre del Metodismo, nació en 1703, fue uno de los quince hijos del Rdo. Samuel Wesley, quien era clérigo de la Iglesia Anglicana que no se apegó estrictamente a las prácticas de esa secta. Juan entró en el colegio de Christ Church, de la Universidad de Oxford en el año 1720. Allí permaneció
hasta su ordenación en 1725.

Durante los primeros años en la escuela, como él mismo confiesa, no tenía “la menor idea de santidad interior, y cometía habitualmente el pecado y aun frecuentemente con gusto”.

Mas Juan y Carlos, su hermano menor, con unos trece alumnos más, formaron entre sí una asociación para el fomento de la piedad. Los demás jóvenes por escarnio les llamaban “el club de los santos”, y les dieron el apodo de “metodistas” con motivo de la regularidad con que cumplieron sus deberes religiosos.

Juan Wesley acompañó al General Oglethorpe a la Colonia de Georgia como misionero. “Fui a América”, dice Wesley en su diario, “a convertir a los indios, mas ¿quién me convertiría a mí?” Poco a poco, por el estudio concienzudo de las Escrituras, y por conversaciones con los moravos, no sólo en la Colonia sino después con Zinzendorf mismo y otros caudillos del movimiento moravo, Wesley aceptó la idea de la salvación y la justificación por la fe y la predicó con todo su corazón.
En 1739, el año siguiente a su conversión, Wesley oyó al Rdo. Whitefield predicar al aire libre en Bristol, Inglaterra, e imitó su ejemplo con gran éxito. Con motivo de los muchos conversos que le seguían, se vio obligado a abrir la Capilla de la Fundación en Londres. A los cinco años Wesley ya contaba con 45 predicadores y 2,000 miembros celosos.

Predicaba de dos a cuatro veces diariamente, y viajaba a caballo unos 6,000 kilómetros al año predicando el evangelio. Para el año de su muerte, ocurrida el año 1790, Juan Wesley era el director de 511 predicadores y 120,000 miembros. Puede decirse de él, que probablemente ningún otro hombre en el siglo XVIII influyó sobre tantas mentes y corazones en toda Inglaterra.

Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Juan 1:6- 8