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Un devocional cada dia

Hoy día casi no se oye predicar sobre tales antiguas ideas como la caída espiritual del hombre, el pecado y la ruina moral de la humanidad. Poca advertencia hay en el sentido de que el ser humano es un pecador culpable ante un Dios santo.
Pero queda por lo menos un predicador de los antiguos, uno que habla hoy tan potente y claramente como siempre. Por supuesto que tal predicador no es muy amado. Sin embargo, el mundo entero es su parroquia.

Lo mismo visita a los pobres que entra en la casa de los ricos; se presenta en asilos de los indigentes así como entre los más celebrados de la sociedad. Predica a religiosos y a no religiosos por igual.
Tan omnipresente y universal predicador se llama: LA MUERTE.

¿Quién no ha escuchado alguna vez a este viejo predicador? Toda lápida le sirve de pulpito. Los diarios le reservan mucho espacio. Todos los días su congregación puede verse camino al cementerio.

En ocasiones él se ha dirigido a usted personalmente: la repentina partida de un vecino, la solemne despedida de un apreciado pariente o un querido familiar: su esposa o un hijo adorado; todos son llamados urgentes del viejo predicador.
Un día, quizás muy pronto, será usted mismo el texto de su sermón; frente a su tumba y en medio de su familia afligida él evitar a los predicadores del evangelio, y hasta puede quemar esta hojita y todo lo que le parezca. Pero, ¿qué hará usted con aquel viejo predicador? Inevitablemente le enfrentará; tendrá usted que morir.

No podemos pensar en la muerte sin concluir que hay algo terriblemente anormal en el ser humano. ¿Por qué lo decimos? Pues, por el sermón incesante del viejo predicador:
«El PECADO ENTRÓ EN EL MUNDO POR UN HOMBRE, YPORELPEODOU MUERTE, Y ASI  LA MUERTE PASÓ A TODOS LOS HOMBRES, POR CUANTO TODOS PECARON.» (Romanos 5:12)

Así, la sentencia de muerte ha sido pronunciada contra todos, contra usted. Un inocente puede exigir que se le haga justicia, pero para un culpable la única justicia es el castigo.
La gracia de Dios es la única esperanza del pecador, quien sólo puede ser perdonado por Aquel que tiene el poder de condenarlo. Si reconoce su verdadero estado rogará: «Dios, ten misericordia de mí, pecador» (vea Lucas 18:13).

Es hacia tal confesión y a esa conciencia de su necesidad de piedad que el viejo predicador quiere conducirle a usted. Es innegable que «la paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23), pero a ese terrible sermón responde el mensaje de la gracia de Dios.
Desde que el ser humano cayó se ha anunciado un libertador, el Hijo de Dios que murió. Nunca habló el viejo predicador tan solemne y elocuentemente como en el Calvario. Cristo no «Dios MUESTRA SU AMOR PARA CON NOSOTROS, EN QUE SIENDO AÚN PECADORES, GUSTO MURIÓ POR NOSOTROS.» (Romanos 5:8)
Dios le ofrece, amigo, la vida eterna que Cristo aseguró con su muerte. Dígale, pues, ahora mismo: «Creo que padeciste como paga de mi pecado. Te recibo como el que vino para salvarme del castigo eterno y darme tu vida eterna».

El, sin duda ni demora, le aceptará y salvar!

«AL QUE NO CONOCIÓ PECADO, POR NOSOTROS (DIOS) LO mzo PECADO, PARA QUE NOSOTROS FUÉSEMOS HECHOS JUSTICIA DE DlOS EN ÉL»(2 Corintios 5:21)

«DE CIERTO, DE CIERTO os DIGO (dice Jesucristo): EL QUE OYE MI PAIABRA, Y CREE AL QUE ME ENVIÓ, TIENE VIDA ETERNA; Y NO VENDRÁ A CONDENACIÓN, MAS HA PASADO DE MUERTE A VIDA.» Juan 5:24
Editorial Buenas Nuevas.