En un extenso y precioso bosque habían muchos animalitos que muy dichosos vivían en el, porque el bosque para ellos, era su amado hogar, su universo, su lugar. Estos, contentos estaban porque la radiante primavera con sus hermosos colores, sus increíbles aromas y su dulces candores, había llegado.
Así, la paz, la armonía y la felicidad reinaban en todo el lugar, cuando de repente tanta tranquilidad fue interrumpida por un voraz incendio ante el cual todos los animalitos despavoridos rápidamente empezaron a huir.


Cómodo y tranquilo, miraba atentamente el paso de un barco carguero que atravesaba la esclusa Miraflores del Canal de Panamá, cuando su entrenada observación le hizo ver que los trabajadores técnicos y los obreros pasa cables que trabajaban en la operación a turno se detenían, volteaban y saludaban con voz y con señales a un hombre de tercera edad del primer grupo que iba delante de el y decidió saber quien era.
Siendo adolescente, ya era una flamante tía y en dicha función que ya ostentaba, solía llevar de la mano a mi sobrinito de cinco añitos para realizar alguna compra.
Toda la naturaleza es un anhelo de servicio
«Quiero un pasaje de ida solamente, para Londres.» Así dijo en la agencia de viajes de Melbourne, Australia, Neil Browne, hombre de treinta años de edad.
Todos nos encogeríamos tan solo de pensar en tener la boca llena de gravilla. Pero una piedra en la boca en realidad puede ser deseable, al menos ese parece ser el caso de las grullas que habitan las montañas Taurus del sur de Turquía.

