Génesis 22: 1-3 “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo”
Esta semana Dios me ha estado ministrando sobre la palabra: OBEDIENCIA. Por esa razón no puedo evitar el escribir sobre ella, no tanto porque me guste, sino porque Dios quiere que lo haga.


Al contemplar aquel gran gentío, Jesús sintió compasión, porque estaban decaídos y desanimados, como ovejas sin pastor. Y dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, pues al dueño de la cosecha que envié trabajadores a recoger su cosecha” (Mateo 9,36-38)
Con el dinero ocurre algo parecido a lo que ocurre con el aire que el hombre necesita para respirar.
¿Qué es el dinero?, ¿te has puesto a pensar en ello alguna vez?, olvidémonos de la definición que da el diccionario, piensa ahora ¿qué es el dinero?. No son más que piezas de metal y de papel que nos sirven para comprar.
Josué 1: 9 “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”. En el caminar de la vida cristiana todos pasamos en momento determinado por situaciones que quieren alejarnos de nuestro objetivo de vida eterna. Dichas situaciones son obstáculos muchas veces difíciles de saltar, pero no imposibles.
Jueces 10: 10-16 “Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales. Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos, de los de Sidón, de Amalec y de Maón, y clamando a mí no os libré de sus manos? Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más.
1 Reyes 19: 4 “Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”
Nuestras palabras son una herramienta para hacer mucho bien. Podemos hablar a nuestro Padre celestial en favor de nosotros mismos o de los demás; podemos hablar la Verdad de Jesucristo y cantarle alabanzas; podemos capacitar, animar y advertir; y podemos expresarnos amor unos a otros.

