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El Tesoro escondido

Don Julio Gómez Arbizú hacía un viaje a caballo por el campo. Al ocultarse el sol, pidió posada en una casa que estaba a la vera del camino. La casa tenía aspecto de pobreza. No había muebles, y la alimentación era escasa. Todo daba la impresión de suma indigencia.

La señora de la casa era joven, y sin embargo en su rostro se veían las huellas de una vida llena de sinsabores. No era de extrañarse. Su esposo era un borracho empedernido que la maltrataba una y otra vez.

Inmovilizado por un pegamento

¿El lugar? Belo Horizonte, Brasil. ¿El protagonista? Jaime Da Silva, un drogadicto empedernido. ¿La ocasión? Un día sábado, a las dos de la tarde. ¿La diligencia? Perpetrar un robo.

La fábrica estaba sola y sin vigilancia. Dentro de la fábrica había mucha mercadería, incluyendo un pegamento de olor intenso y alucinante. Era un pegamento de petróleo, codiciado por jóvenes drogadictos.

La facinación por el dinero

—¡Feliz cumpleaños, querida! —dijo el esposo.

—Muchas gracias, amor —respondió la esposa.

El regalo era un auto Ferrari Testarrosa, que vale una fortuna. Y eso no era todo. Dentro de la guantera había un diamante de un valor fabuloso. La fiesta se hacía en un hotel de increíble lujo, en la ciudad de Melbourne, Australia, con ciento diez invitados, todos amigos de la pareja.

El Ferrari Testarrosa se sumó a otros dos Ferrari, cinco Mercedes Benz, tres Rolls-Royce, un Jaguar, un Aston Martin y un Porsche. Danilo Ortiz, de cuarenta y cinco años de edad, y su esposa Sara, de cuarenta y tres, parecían nadar en dinero.

Veinte mil intoxicados

El día amaneció como siempre en el pueblo de Changzhi, en la república de China. Aunque el sol de la mañana estaba cubierto de nubes, se sentía su calor, y su iluminación cubría los campos, las montañas y las casas. Era un día más, gris y común, día de trabajo para los veinte mil habitantes de Changzhi.

La gente, como de costumbre, se levantó temprano y abrió las llaves del agua: unos para el baño de la mañana, otros para beber, otros para preparar el arroz. Era agua clara y limpia que, también como siempre, fluía por las cañerías de la ciudad y salía de las llaves abiertas. Pero ese día algo no andaba bien. El agua venía emponzoñada.

La generosidad y la gratitud

Nació y se crió en la pobreza. Sus padres eran trabajadores esforzados, y le inculcaron virtudes como gratitud, respeto, cortesía y honor. También le legaron conceptos de vida como generosidad e integridad, y esmero en el estudio y en el trabajo. Vivió todos sus días en su país natal de Suecia, y murió a los ochenta y cinco años de edad.

¿Quién era esta persona? Era Holger Nisson, que a una temprana edad puso en práctica los valores heredados de sus padres.

Salón de vívoras

Ocurrió en el club nocturno llamado «Salón de víboras» en la calle Sunset, es decir, «Puesta de sol», de Hollywood, California. Era una de esas fiestas donde abundan el alcohol, el tabaco, la música rock y bellas muchachas.

Al ritmo de la música y en medio de bamboleos y contorsiones, las muchachas se iban quitando poco a poco la ropa. Entre los asistentes a la fiesta se hallaba River Phoenix, un promisorio joven actor de cine.

De pronto, como herido por un rayo, River cayó al suelo en convulsiones incontrolables.

El último paseo

Parecía un paseo por la playa como tantos otros. Las olas del Océano Pacífico venían a romper, cansadas de tanto vaivén, en las costas de Santa Mónica, California. El rojizo sol del otoño se ocultaba en el horizonte, allá por donde se esconde el Japón.

Fumiko Kimura, japonesa de treinta y dos años de edad, se detuvo en la playa. Tenía en sus brazos a la pequeña Yuri, de seis meses de edad, y a su lado, tomado de la mano, a su hijito Kusutaka, de cuatro años.

Cuando las cartas fallan

Se llamaban Elio Trevisioli y Alessandro Lovisetto. Los dos eran de Venecia, Italia. Elio, de cuarenta y cinco años de edad, y Alessandro, de treinta, estuvieron consultando, durante una semana entera, a la misma adivina, una mujer especialista en cartas Tarot.

Y cada día las cartas revelaban cosas positivas. Pero al llegar el viernes, el «Signo de la muerte» apareció en las cartas.

Elio y Alessandro se miraron confundidos, y la adivina les dijo: «La carta de la muerte puede ser mala o puede ser buena. De todos modos, indica algún cambio grande.» Los hombres le pagaron a la mujer y se fueron.

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