Él se llamaba Guillermo Durant; ella, Maggie da Silva. Como novios que eran, pasaron al altar. El ministro les hizo repetir los votos nupciales y luego pronunció las clásicas palabras bíblicas: «Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser» (Génesis 2:24). Acto seguido, los declaró esposo y esposa.
Guillermo no tenía trabajo, y pasaba el tiempo jugando póker. Maggie tenía título de maestra, pero tampoco tenía un empleo. No tenían auto, ni casa, ni muebles ni bienes. Durante doce años vivieron juntos, pero no unidos.


Eran nada menos que un millón. Un millón de obreros especializados. Un millón de obreros que sabían hacer bien su trabajo. Nadie lo hacía mejor que ellos, con tanta eficiencia y economía.







