Archivo para la ‘Mensaje a la Conciencia’ Categoria

Un solo ser

Él se llamaba Guillermo Durant; ella, Maggie da Silva. Como novios que eran, pasaron al altar. El ministro les hizo repetir los votos nupciales y luego pronunció las clásicas palabras bíblicas: «Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser» (Génesis 2:24). Acto seguido, los declaró esposo y esposa.

Guillermo no tenía trabajo, y pasaba el tiempo jugando póker. Maggie tenía título de maestra, pero tampoco tenía un empleo. No tenían auto, ni casa, ni muebles ni bienes. Durante doce años vivieron juntos, pero no unidos.

Cuando el submarino se hunde

Llevaba allí cuarenta y nueve años, casi medio siglo, descansando sobre blandas arenas, recostado sobre un flanco en medio del silencio y de la oscuridad. Dentro de él estaban los cuerpos de cincuenta marinos alemanes: la tripulación completa.

¿Qué era? Un submarino alemán de 80 metros de eslora, identificado como U-1226. Fue hundido en acción de guerra frente a las costas del Canadá, y fue descubierto casi medio siglo después. Lo halló el buceador Edward Michaud el 5 de junio de 1993.

¿Que hacer cuando el piloto muere?

Tranquilo iba el vuelo en la pequeña avioneta Cessna. Era el anochecer y se acercaban a Flagstaff, Arizona. En el avión iban el piloto William Graham, y un pasajero, amigo suyo, Mateo Kornblum.

Todo iba normal cuando, de repente, William Graham se llevó una mano al corazón. «No me siento bien», alcanzó a decir. En seguida se desmayó. Kornblum logró apartar al piloto de los controles y tomar él mismo los del lado suyo. Pero Kornblum nunca antes había pilotado un avión. ¿Qué iba a hacer? La oscuridad se acercaba, estaban entre montañas, y él no sabía nada de aviones.

De la cumbre a la destrucción

La joven, de veintisiete años de edad, se ajustó el paracaídas, tomó su asiento en la pequeña avioneta y le dijo al piloto: «Volemos.» Volar hacia las alturas, y luego lanzarse al vacío, era la pasión de su vida. Helga Haddinga, de Berlín, Alemania, era una paracaidista veterana, con ciento veintiocho saltos impecables.

El avión subió hasta la acostumbrada altura de mil quinientos metros, y Helga, como lo había hecho tantas veces antes, saltó al vacío. Su paracaídas se abrió en forma perfecta, y Helga comenzó a disfrutar del descenso.

Doble abandono

«Quédate aquí —dijo la mujer aparentando afecto—. Aquí vas a estar bien. Verás correr a los perritos y te vas a entretener.» Luego puso una bolsa con pañales a su lado y una nota escrita que decía: «Me llamo John King; padezco la enfermedad de Alzheimer», y desapareció, abandonando al anciano en una pista de carreras de perros.

La que abandonó al anciano era Sue Gifford, mujer de cuarenta y un años de edad. El anciano abandonado era su propio padre, de ochenta y dos años, víctima de Alzheimer. Para librarse de la carga que significa esa enfermedad, la hija lo llevó a una pista de carreras de perros y lo abandonó en su silla de ruedas. El juez la condenó a seis años de prisión.

Estoy cansada de ser fugitiva

Fueron doce años de angustia. Doce años de correr. Doce años de cambiar continuamente de domicilio, de nombre.

Doce años de vivir oculta, yendo de Sicilia a Suiza, de Suiza a Brasil, de Brasil a Venezuela, y de Venezuela a quién sabe dónde. Doce años sin vida normal. Hasta que, por fin, Rosetta Cutolo dijo: «Estoy cansada de ser fugitiva», y se entregó a las autoridades italianas.

Diamantes de contrabando

Era un puñado de diamantes, pero diamantes en bruto, gruesos como garbanzos. Juntos pesaban casi medio kilo, y en las manos del contrabandista fulguraban con todo esplendor. Pero cuando Bert Stevensen trató de hacerlos pasar por el aeropuerto de Oslo, Noruega, lo descubrieron.

¿Qué hizo entonces? Se tragó el medio kilo de diamantes. Al fin de cuentas, pensó él, «los diamantes duran para siempre».

No habían pasado diez minutos cuando sintió atroces dolores de estómago. Llevado al hospital, murió a la media hora, de grave hemorragia estomacal.

La vida no tiene sentido

Andy Reader preparó su cámara de video. Era un nuevo modelo, recién comprada. La acomodó cuidadosamente sobre el trípode en una parte alta de su garaje, apuntándola hacia su automóvil, y la puso en marcha. La cámara había de funcionar automáticamente, y había de recoger tanto imagen como sonido.

Después, Andy, de treinta y ocho años de edad, de Dartmoor, Inglaterra, se encerró en su auto y encendió el motor. ¿Qué se proponía? Filmar su propio suicidio. Hallaron su cuerpo inerte varias horas después, víctima del monóxido de carbono.

Amortiguación automática

Ingrid Checha, de apenas dos años de edad, estaba jugando en su domicilio. Ella vivía con sus padres en el piso decimocuarto de un edificio de departamentos en Caracas, Venezuela.

En cierto momento la niñita, ilusionada con lo que veía afuera, trató de abrir la ventana. Ésta cedió repentinamente, y la pequeña se precipitó al vacío.

Contactos mortales

La mañana era cálida y húmeda, pero agradable, en Buenos Aires, Argentina. Había llovido intensamente la noche anterior, y las veredas estaban llenas de charcos de agua. La señora Mercedes González de Favero llevaba a su hijo Roberto, de doce años, y a su hija María, de ocho, hacia la escuela.

De pronto el golpe, el espanto, la impresión de la tragedia inminente: Roberto pisó un cable eléctrico caído. Los tres rodaron víctimas de la tremenda fuerza. La muerte amenazaba.

¡Lombrices a la obra!

Eran nada menos que un millón. Un millón de obreros especializados. Un millón de obreros que sabían hacer bien su trabajo. Nadie lo hacía mejor que ellos, con tanta eficiencia y economía.

Eran todos de la República Federal Alemana. Su trabajo consistía en limpiar la basura de la ciudad de Colonia. Y no sólo limpiarla, sino transformarla en abono útil para los campos.

No eran obreros comunistas ni eran obreros democráticos. No eran rusos ni eran alemanes.

El niño del cruce

Se llamaba Juan José Ferrer. Vivía en el barrio de Villaverde, Madrid, España. Era alegre y vivaz, y siempre estaba con amigos. Pero un día desapareció de la casa. Lo buscaron por todas partes, pero fue imposible hallarlo.

Un año después un amigo suyo, Jesús Fuentes, confesó espontáneamente el delito. Él había estrangulado a Juan José «por gusto», en el kilómetro 6 de la carretera a Andalucía. Las crónicas españolas recuerdan a la víctima como «El niño del cruce». ¿La edad de cada uno? Diez años la víctima, y trece el homicida.

Designed by: Business Web Hosting | Thanks to Buy Icons, travel tips and Used Cars