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Me gusta correr riesgos

matrimonio2Helena y su esposo Manuel comenzaron felices su luna de miel. Se fueron a la costa de su país, Portugal. Para Helena, todo era el cumplimiento de una ilusión, la feliz conclusión de todo lo que deseaba. En medio de tal felicidad, Helena y Manuel entraron al mar a bucear.

Helena vio pasar un buque, y nadó debajo del agua hasta casi rozar el casco. Manuel le indicó por señas que se apartara del buque, pero la frase de ella siempre había sido: «Me gusta correr riesgos.» Acto seguido, Helena se hundió bajo la quilla del barco y nunca la hallaron. Tenía veinticinco años de edad.

Cuando no se miden las consecuencias

bosquesverdesFue una hazaña singular. En un lapso de tres meses Alejo Alberti, de dieciocho años de edad, construyó una casa. La hizo con sus propias manos y enteramente de trozos de árboles. Primero taló los árboles.

Después cortó los trozos, todos del mismo tamaño. Y luego fue colocando trozo sobre trozo, ensamblados unos con otros hasta formar su casa de dos cuartos, cocina y baño. Todo esto ocurrió en las montañas de Catskill del estado de Nueva York en los Estados Unidos.

Pero Alejo no contó con el invierno.

A todo lujo

prisionEl apartamento fue especialmente diseñado. Un arquitecto elaboró los planos: dos cuartos bien amplios, dos compartimientos para vestirse, un baño completo instalado a todo lujo y un balcón que miraba a un valle florido. Y todo esto con calefacción para los días fríos y refrigeración para los calientes.

Pero este no sería un apartamento de soltero millonario; ¡había de ser una prisión! Uno de los grandes traficantes de drogas se lo hizo preparar para él mismo al reconocerse convicto de narcotráfico. Era una prisión bellísima, eso sí, pero prisión de todos modos.

ESPERANZA PARA LOS DESAMPARADOS

Es un zumbido que arrulla, que calma los nervios, que ayuda a dormir; a dormir cuando se puede, cuando las penas también se duermen. El lecho es de tierra; el techo, de cemento. Si es verano, hace calor; si es invierno, hace frío.

«Aquí la noche se hace eterna —dice Nazario Marengo—, y el miedo a que alguien nos mate no desaparece nunca. Cuando un automóvil de la policía pasa sobre el puente —continúa—, el terror se hace más grande.»

Cuando el rio se desborda

Devocional CristianoEl cielo se encapotó sobre Tijuana, México. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. Era una tormenta que venía desde el sur, originada en el Pacífico. En pocas horas cayeron 120 milímetros de agua.

El río Tijuana, por lo general tranquilo y de poca agua, se convirtió en un torrente arrollador. Doce personas murieron en el torrente. Un vecino dijo, llorando ante las cámaras de televisión: «Lo he perdido todo: mi casa, mis muebles, mi camión. El río se lo llevó todo.»

¿Fin de un Romance?

Era el viaje de bodas. Viaje inolvidable. Viaje que coronaría un largo romance amoroso y daría principio a otro. Fue así como Juan Miguel y su nueva esposa Francisca, los dos de Lisboa, Portugal, comenzaron felices el viaje manejando un nuevo auto. Él tenía setenta y siete años de edad; ella, setenta y cuatro.

Para ambos era el segundo matrimonio. Los dos habían quedado viudos, y empezaban ahora el viaje llenos de esperanzas, de proyectos, de alegría y de felicidad. Pero no todo en la vida sale bien, y un choque en la carretera le puso fin al viaje. Francisca murió en el acto; Juan, tres días después.

¿El castigo de Dios?

El ejército araucano, consciente del abandono español de la bella ciudad chilena  e Concepción, la saqueó a tal grado que no quedó nada español en pie y, como si eso no bastara, le prendió fuego. Las huestes del jefe Lautaro se dieron el gusto, según los versos de Don Alonso de Ercilla y Zúñiga en su genial obra La araucana, «de ver cómo la llama se extendía y la triste ciudad se consumía», la ciudad más rica en oro de todo Arauco. Era tan inconcebible que los españoles tuvieran que soportar semejante afrenta —comenta Don Alonso— que muchos consideraron que era el castigo de Dios por la vanidad y la soberbia de los conquistadores.1

Nieve, Viento y Sol

Un blanco manto se extendía por todos lados. Era la primera nevada otoñal en Noruega, y la nación entera estaba cubierta del blanco armiño.

Tres niños jugaban en la nieve: la pequeña Silje Redegaard, de cinco años de edad, y dos amiguitos de ella, uno de cinco años y otro de seis.

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