Archivo para la ‘Conmovedoras’ Categoria

Una misma sangre

Habían nacido juntos, y juntos se habían criado. Habían compartido los mismos alimentos, la misma ropa, la misma cama, los mismos juguetes. Marco y Roberto Solisa, de São Pablo, Brasil, eran hermanos siameses. Habían nacido unidos por la cadera, y nunca habían sido separados.

Sin embargo, había algo que no tenían en común: el carácter. Roberto era pacífico y comprensivo; Marco era violento e impulsivo. Un día, cuando ya tenían veinticuatro años de edad, Marco, en un rapto de ira, mató a su hermano de un tiro; pero la muerte del uno fue la muerte del otro. Los dos compartían la misma sangre.

Juan y compañia

—¿Puedo depositar dinero en ese banco?-  Un joven de quince años, pobremente vestido se paró frente a la ventanilla del cajero del banco en el pequeño pueblo de Barwick, del estado de Georgia, EE.UU. de A. Todo su aspecto de miseria y pobreza indicaba que sería hijo de un mediero de alguna de las pequeñas granjas de la región, gente que por diversas razones generalmente se encuentra en mala situación económica.

Tres hojas de cartón, metidas dentro de sus zapatos completamente gastados, reemplazaban la suela que ya casi había desaparecido.

Decisiones y constancia

En la pequeña escuelita rural había una vieja estufa de carbón muy anticuada. Un chiquito tenía asignada la tarea de llegar al colegio temprano todos los días para encender el fuego y calentar el aula antes de que llegaran su maestra y sus compañeros.

Una mañana, llegaron y encontraron la escuela envuelta en llamas. Sacaron al niño inconsciente más muerto que vivo del edificio. Tenía quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo y lo llevaron urgente al hospital del condado.

No hay prisa

Un hombre tuvo una visión en que le parecía que él estaba de pie en medio de una asamblea de espíritus inmundos. Sobre el trono estaba sentado el soberano de ellos. Satanás, con el cetro de maldad en su mano Llamando a sus subditos. Satanás clamó: “¿Quién irá a la tierra para asegurar que los hombres pierdan sus almas.?”

Une de los espíritus convocados dijo: — Yo iré

-Y, ¿cómo lo lograrás? — preguntó el monarca inflexible.

-Les convenceré de que no existe el cielo. – respondió.

Pero Satanás contestó: — No, eso no servirá. Nunca podrías imponer esa creencia en la mayoría de la humanidad. Esa convicción de una mejor vida venidera está demasiada arraigada en el corazón de los hombres.

Dar de corazón

Hubo una vez un limosnero que estaba tendido al lado de la calle. Vio a lo lejos venir al Rey con su Corona y Capa. Pensó:

- “Le voy a pedir y seguramente me dará bastante”.

Y cuando el Rey pasó cerca, le dijo:

- “Su Majestad, ¿Me podría, por favor, regalar una moneda?”

Barry

Barry yace en un cementerio extraordinario donde reposan sólo los restos de animales destacados por su heroísmo. Un gran perro San Bernardo, inteligente, fuerte, veloz y capaz de aguantar el intenso frío y superar abundante nieve de los Alpes, Barry era a la vez manso y cariñoso. He aquí su historia:

Había nevado copiosamente por muchos días y unos montañistas se retrasaron varias horas en su jornada, pero por fin llegaron, uno por uno y a tropezones, agotados por la lucha en un sendero cubierto de tanta nueve.

Dormido en el bote

Hace años un joven trabajaba como guía en las cataratas del Niágara.

Un día, estando libre de su ocupación, amarró su bote lejos en lo alto de la catarata y se acostó para descansar pensando que había amarrado el bote muy bien.

Se quedó dormido, pero con el constante vaivén se soltó con su ocupante inconsciente y principió a deslizarse en la corriente.

¿Puedes indicarme el camino al cielo?

Durante la guerra estábamos defendiendo la trinchera transversal, cuando estalló una bomba muy cerca de nosotros.

Zumbaron diversos fragmentos sobre nuestras cabezas y de pronto cayó Alberto muy mal herido. Jaimito y otro compañero, saltaron al pozo para auxiliarlo, pero por la magnitud de las heridas, se dieron cuenta que ya no tenía esperanza de vida.

Era imposible conseguir atención médica, así que se limitaron a poner al pobre Alberto en una posición más confortable para que llegara su fin, acostándole sobre unos costales y un saco viejo en el fondo de la trinchera.

En los estertores de su agonía Alberto prorrumpió: “¿Me puedes indicar el camino al cielo?”

El toque del Maestro

En cierta ciudad americana se estaba realizando un remate popular en que figuraban una gran variedad de objetos. Entre ellos había un viejo violín que el martillero apenas pensaba que valiese la pena de ofrecer, de tan deteriorado que estaba.

Pero, de todos modos, lo levanto, y, sacudiendo el polvo, anunció con una sonrisa: “aquí tienen Señores su oportunidad, ¿quién iniciará la postura? … ¿Cuánto me ofrecen por el violín?”

El cacique que perdonó

Maskepetoon fue caudillo de una tribu numerosa de indios de Norte América. Tenía un hijo a quien quería mucho, y le había instruido desde chico en toda la sabiduría de los pieles rojas. Ahora era un joven alto, fuerte y capacitado para realizar cualquier misión que le fuera encomendada.

Por lo tanto, cuando hubo que viajar a un valle distante para traer los caballos, Maskepetoon mandó a su hijo.

Era un camino solitario y peligroso, entre montañas altas y por sendas escarpadas, pero el joven estaba acostumbrado a esa vida, pues había recorrido los cerros cazando con los guerreros jóvenes. Cuando llegó al valle donde siempre pastaban los animales, no los pudo encontrar.

El toque que no se oyó

En tiempos de Oliver Cromwell. Estrategista militar y parlamentario inglés de siglo 17, un joven bajo su mando fue condenado a muerte por una falta menor. Su ejecución debía realizarse a la hora de queda del día señalado.

La novia del joven soldado suplicó a los jueces que al menos perdonaran la vida de su amado. pero sus ruegos fueron inútiles y la sentencia permaneció invariable.

Desesperada fue donde el anciano campanero a ver si le convencía a no dar el toque que señalaría la ejecución. Pero nada podía desviarlo de su deber.

Querida Mamita (carta de un bebe abortado)

Estoy ahora en el cielo, sentada en el regazo de Cristo. El me ama y llora conmigo porque me han destrozado el corazón. ¡Quería ser yo tu niña! Todavía no comprendo lo que ha pasado.
Desde el primer momento en que me di cuenta de que existía, de que era un ser humano, me sentí muy feliz. Residía en un lugar obscuro, pero muy cómodo. Notaba que ya tenía deditos en mis manitas y en mis pies.

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