Los cristianos en el lugar de trabajo

Debemos trabajar como si Dios fuera nuestro jefe. Esto significa hacer las tareas con alegría, con una actitud de servidores...

Uno de los mayores obstáculos para la efectividad del evangelio, es la manera como actúan los cristianos en la iglesia, y cómo lo hacen en otros lugares. La manera como vivimos para Dios debe inundar todas las áreas de nuestra vida. El lugar de trabajo no es una excepción.

La manera como actuamos refleja nuestra fe. Entonces, si decimos ser cristianos, nuestros compañeros de trabajo, jefes y empleados equipararán nuestras actitudes y acciones con el Señor Jesús. ¿Ven las personas que trabajan con usted un reflejo positivo de Dios en su ética de trabajo?

Echemos un vistazo a un modelo bíblico a seguir por el creyente. Primero, debemos vernos como servidores. Segundo, nuestro verdadero jefe es Cristo; por tanto, trabajemos con interés e integridad, sabiendo que nuestra recompensa viene de Él. Tercero, ya que toda autoridad en la tierra ha sido dada por Dios (Jn 19.11), debemos obedecer con agrado a nuestros superiores, a menos que, por supuesto, nuestro jefe nos pida que hagamos algo contrario a la Palabra de Dios. Y, por último, todos aquellos con y para quienes trabajamos, son de valor para el Creador y debemos tratarlos con respeto.

Piense en cómo se aplica aquí la regla de oro: “Traten a los demás como ustedes quisieran ser tratados”. Dicho de otra forma, imagínese a usted mismo como el jefe y pregunte: ¿Cómo me gustaría que trabajaran los empleados?

Debemos trabajar como si Dios fuera nuestro jefe. Esto significa hacer las tareas con alegría, con una actitud de servidores, con respeto por los demás, con diligencia y con obediencia a quienes tienen posiciones de autoridad. Imagine lo que podría ser el lugar de trabajo si todos los creyentes vieran sus empleos de esta manera.

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Filipenses 2:5-8

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