Archive for noviembre, 2008



Mientras navegamos a las costas del cielo

Kirk Lynn, joven tenor de excelente calidad de voz, paseó la mirada por el auditorio. Habría, calculó, unas 470 personas. El cantante ejecutaba su música en una iglesia en Pittsburgh, Pennsylvania. Ese día cantó el himno cristiano: «Mientras navegamos hacia las costas del cielo».

Once días más tarde, Lynn canturreaba su canción mientras volaba, con otras 130 personas, de Chicago a Pittsburgh en el fatídico vuelo 427 de la compañía Air West. El avión se precipitó a tierra, y todos los que iban a bordo, 131 personas, perecieron.

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Una unión perfecta

El día martes se dieron el «sí». Intercambiaron votos y promesas nupciales, intercambiaron anillos y se unieron para siempre en matrimonio: un matrimonio que ellos sabían duraría hasta que la muerte los separara. Sus corazones estaban unidos, sus voluntades fundidas en una sola, sus almas una misma.

Un día después, el miércoles, Victoria Ingram, de treinta y ocho años de edad, donó uno de sus riñones a su nuevo esposo Randall Curlee, un diabético de cuarenta y seis años. No sólo sabían compartir corazones sino también órganos internos.

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Nieve, Viento y Sol

Un blanco manto se extendía por todos lados. Era la primera nevada otoñal en Noruega, y la nación entera estaba cubierta del blanco armiño.

Tres niños jugaban en la nieve: la pequeña Silje Redegaard, de cinco años de edad, y dos amiguitos de ella, uno de cinco años y otro de seis.

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Los Jóvenes son el presente de la Iglesia

Jovenes1 Timoteo 4: 12 “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza”. ¿Quién dice que los jóvenes no pueden alcanzar puestos importantes en las iglesias?, ¿Quién dice que los jóvenes tienen que llegar a adultos para poder dar un buen servicio a Dios?

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Una propaganda inútil

Esto ocurrió en los años 60, cuando Kruschow estaba al mando de la Unión Soviética. Una joven rusa llamada Irina estudiaba en un colegio en Odessa.

Se aburría muchísimo porque allí se enseñaba el ateísmo. Irina se decía: –Si fuese cierto que Dios no existe, bastaría que nos lo dijeran dos o tres veces, y punto. Pero si tienen que repetirlo siempre y con tanto odio, entonces debe haber un Dios, y él debe ser fuerte.

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Una misma sangre

Habían nacido juntos, y juntos se habían criado. Habían compartido los mismos alimentos, la misma ropa, la misma cama, los mismos juguetes. Marco y Roberto Solisa, de São Pablo, Brasil, eran hermanos siameses. Habían nacido unidos por la cadera, y nunca habían sido separados.

Sin embargo, había algo que no tenían en común: el carácter. Roberto era pacífico y comprensivo; Marco era violento e impulsivo. Un día, cuando ya tenían veinticuatro años de edad, Marco, en un rapto de ira, mató a su hermano de un tiro; pero la muerte del uno fue la muerte del otro. Los dos compartían la misma sangre.

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