Veinte mil intoxicados

El día amaneció como siempre en el pueblo de Changzhi, en la república de China. Aunque el sol de la mañana estaba cubierto de nubes, se sentía su calor, y su iluminación cubría los campos, las montañas y las casas. Era un día más, gris y común, día de trabajo para los veinte mil habitantes de Changzhi.

La gente, como de costumbre, se levantó temprano y abrió las llaves del agua: unos para el baño de la mañana, otros para beber, otros para preparar el arroz. Era agua clara y limpia que, también como siempre, fluía por las cañerías de la ciudad y salía de las llaves abiertas. Pero ese día algo no andaba bien. El agua venía emponzoñada.

Al hacer la investigación, se descubrió que una planta de fertilizantes, cercana al pueblo, había arrojado al río diecisiete metros cúbicos de químicos venenosos. Veinte mil personas, el número más elevado que registra la historia, fueron gravemente intoxicadas en un solo día y en una sola ciudad.

No hay elemento más necesario que el agua. Sin ella no hay vida. Nadie puede sobrevivir más de tres días, o a lo sumo cuatro, sin agua. Y la falta de agua no sólo provoca sed. También altera el sistema químico y electrolítico del cuerpo, provocando la muerte en forma rápida.

Se necesita agua para todo. El agua buena, pura y sana, es imprescindible para la raza humana.

Por lo general pensamos que el agua que bebemos y usamos cada día es agua pura, no contaminada, sana. Pero ¿qué si de repente esa agua, que bebemos con tanto gusto y tanta confianza, viniera cargada de veneno? Así les pasó a los veinte mil habitantes de Changzhi. Creyeron que bebían agua sana, pero ese día bebieron veneno.

Lo mismo pasa con muchas otras cosas de la vida. Aquello que pensamos que es sano, provechoso y alimenticio puede resultar ser veneno. Así puede ocurrir con literatura que leemos, películas que vemos, filosofías que estudiamos, y hasta religiones que investigamos. El catálogo es largo.

¿Cómo podemos saber que lo que vemos y leemos y aceptamos no es veneno? Hay un solo modo. Es someternos a las leyes morales de la Biblia. Cuando Jesucristo es nuestro Señor, y obedecemos fielmente sus mandatos, podemos estar seguros de que no seremos envenenados.

Sometámonos al señorío de Cristo. Así Él será nuestro guía y protector.

Hermano Pablo. 


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